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Mensaje del Santo Padre
"Pacem in terris", una tarea
permanente
1 de enero de 2003
1. Han transcurrido casi cuarenta años desde aquel 11 de
abril de 1963, en que el Papa Juan XXIII publicó la histórica
Carta encíclica Pacem in terris. Aquel día era Jueves
Santo. Dirigiéndose «a todos los hombres de buena
voluntad», mi venerado Predecesor, que moriría dos
meses después, compendiaba su mensaje de paz al mundo en
la primera afirmación de la Encíclica: «La
paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad
a través de la historia, es indudable que no puede establecerse
ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido
por Dios» (Pacem in terris, Introd., AAS 55 [1963], 257).
Hablar de paz a un mundo dividido
2. En realidad, el mundo al cual se dirigía Juan XXIII
se encontraba en un profundo estado de desorden. El siglo XX se
había iniciado con una gran expectativa de progreso. En
cambio, la humanidad había asistido, en sesenta años
de historia, al estallido de dos guerras mundiales, la consolidación
de sistemas totalitarios demoledores, la acumulación de
inmensos sufrimientos humanos y el desencadenamiento, contra la
Iglesia, de la mayor persecución que la historia haya conocido
jamás.
Sólo dos años antes de la Pacem in terris, en 1961,
se erigió el «muro de Berlín» para dividir
y oponer no solamente dos partes de aquella ciudad, sino también
dos modos de comprender y de construir la ciudad terrena. De una
parte y de otra del muro la vida tuvo un estilo diferente, inspirado
en reglas a menudo contrapuestas, en un clima difuso de sospecha
y desconfianza. Tanto como visión del mundo que como planteamiento
concreto de la vida, aquel muro atravesó la humanidad en
su conjunto y penetró en el corazón y mente de las
personas, creando divisiones que parecían destinadas a
durar siempre.
Además, justo seis meses antes de la publicación
de la Encíclica, mientras en Roma se había inaugurado
hacía pocos días el Concilio Vaticano II, el mundo,
debido a la crisis de los misiles en Cuba, se encontró
al borde de una guerra nuclear. Parecía bloqueado el camino
hacia un mundo de paz, de justicia y de libertad. Muchos pensaban
que la humanidad estaba condenada a vivir todavía durante
largo tiempo en aquellas condiciones precarias de «guerra
fría», sometida constantemente a la pesadilla de
que una agresión o un percance cualquiera pudieran desencadenar
de un día a otro la peor guerra de toda la historia humana.
En efecto, el uso de armas atómicas, podía transformarla
en un conflicto que habría puesto en peligro el futuro
mismo de la humanidad.
Los cuatro pilares de la paz
3. El Papa Juan XXIII no estaba de acuerdo con los que creían
imposible la paz. Con la Encíclica logró que este
valor fundamental con toda su exigente verdad empezara
a hacerse sentir en ambas partes de aquel muro y de todos los
muros. A muchos la Encíclica les hizo ver la común
pertenencia a la familia humana y les encendió una luz
respecto a la aspiración de la gente de todos los lugares
de la tierra a vivir en seguridad, justicia y esperanza ante el
futuro.
Con su espíritu clarividente, Juan XXIII indicó
las condiciones esenciales para la paz en cuatro exigencias concretas
del ánimo humano: la verdad, la justicia, el amor y la
libertad (cf. ibíd., I: l.c., 265-266). La verdad dijo
será fundamento de la paz cuando cada individuo tome conciencia
rectamente, más que de los propios derechos, también
de los propios deberes con los otros. La justicia edificará
la paz cuando cada uno respete concretamente los derechos
ajenos y se esfuerce por cumplir plenamente los mismos deberes
con los demás. El amor será fermento de paz, cuando
la gente sienta las necesidades de los otros como propias y comparta
con ellos lo que posee, empezando por los valores del espíritu.
Finalmente, la libertad alimentará la paz y la hará
fructificar cuando, en la elección de los medios para alcanzarla,
los individuos se guíen por la razón y asuman con
valentía la responsabilidad de las propias acciones.
Mirando al presente y al futuro con los ojos de la fe y de la
razón, el beato Juan XXIII vislumbró e interpretó
los dinamismos profundos que estaban actuando ya en la historia.
Sabía que las cosas no son siempre como aparecen exteriormente.
A pesar de las guerras y las amenazas de guerras, había
algo nuevo que se percibía en las vicisitudes humanas,
algo que el Papa consideró como el inicio prometedor de
una revolución espiritual.
Una nueva conciencia de la dignidad del hombre y de sus derechos
inalienables
4. La humanidad, escribió, ha emprendido una nueva etapa
de su camino (cf. ibíd., I: l.c., 267-269). El fin del
colonialismo, el nacimiento de nuevos Estados independientes,
la defensa más eficaz de los derechos de los trabajadores,
la nueva y agradable presencia de las mujeres en la vida pública,
le parecían como otros tantos signos de una humanidad que
estaba entrando en una nueva fase de su historia, una fase caracterizada
por la «convicción de que todos los hombres son,
por dignidad natural, iguales entre sí» (ibíd.,
I: l.c., 268). Ciertamente, esta dig-nidad era vilipendiada aún
en muchas partes del mundo. El Papa no lo ignoraba. Sin embargo
es-taba convencido de que, no obstante la situación fuese
dramática bajo algunos aspectos, el mundo era cada día
más consciente de algunos valores espirituales y cada vez
estaba más abierto a la riqueza de contenido de aquellos
«pilares de la paz» que eran la verdad, la justicia,
el amor y la libertad (cf. ibíd., I: l.c., 268-269). A
través del esfuerzo por llevar estos valores a la vida
social, tanto nacional como internacional, los hombres y las mujeres
serían cada vez más conscientes de la importancia
de su relación con Dios, fuente de todo bien, como sólido
fundamento y criterio supremo de su vida, ya sea co-mo individuos
que como seres sociales (cf. ibíd.). Esta sensibilidad
espiritual más aguda el Papa estaba convencido de
ello tendría también profundas consecuencias
públicas y políticas.
Ante la creciente conciencia de los derechos humanos que iba
aflorando a nivel nacional e internacional, Juan XXIII intuyó
la fuerza interior de este fenómeno y su extraordinario
poder de cambiar la historia. Lo que ocurrió pocos años
después, sobre todo en Europa central y oriental, fue una
excelente prueba de ello. El camino hacia la paz, enseñaba
el Papa en su Encíclica, debía pasar por la defensa
y promoción de los derechos humanos fundamentales. En efecto,
cada persona humana goza de ellos, no como de un beneficio concedido
por una cierta clase social o por el Estado, sino como de una
prerrogativa propia por ser persona: «En toda convivencia
humana bien ordenada y fecunda hay que establecer como fundamento
el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza
dotada de inteligencia y de libre albedrío, y que, por
tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes
que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza.
Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables,
y no pueden renunciarse por ningún concepto» (ibíd.,
I: l.c., 259).
No se trataba simplemente de ideas abstractas. Eran ideas de
vastas consecuencias prácticas, como en seguida demostraría
la historia. Basados en la convicción de que cada ser humano
es igual en dignidad y que, por consiguiente, la sociedad tiene
que adecuar sus estructuras a esta premisa, surgieron muy pronto
los movimientos por los derechos humanos, que dieron expresión
política concreta a una de las grandes dinámicas
de la historia contemporánea. La promoción de la
libertad fue reconocida como un elemento indispensable del empeño
por la paz. Surgiendo prácticamente en todas las partes
del mundo, estos movimientos contribuyeron al derrocamiento de
formas de gobierno dictatoriales y ayudaron a cambiarlas con otras
formas más democráticas y participativas. En la
práctica, demostraron que la paz y el progreso pueden alcanzarse
sólo a través del respeto de la ley moral universal,
inscrita en el corazón del hombre (cf. Juan Pablo II, Discurso
a la Asamblea de las Naciones Unidas, 5 octubre 1995, 3).
El bien común universal
5. En otro punto el magisterio de la Pacem in terris se mostró
profético, anticipándose a la fase sucesiva de la
evolución de las políticas mundiales. Ante un mundo
que se hacía cada vez más interdependiente y global,
el Papa Juan XXIII sugirió que el concepto de bien común
debía formularse con una perspectiva mundial. Para ser
correcto, debía referirse al concepto de «bien común
universal» (Pacem in terris, IV: l.c., 292). Una de las
consecuencias de esta evolución era la exigencia evidente
de que hubiera una autoridad pública a nivel internacional,
que pudiese disponer de capacidad efectiva para promover este
bien común universal. Esta autoridad, añadía
enseguida el Papa, no debería instituirse mediante la coacción,
sino sólo a través del consenso de las naciones.
Debería tratarse de un organismo que tuviese como «objetivo
fundamental el reconocimiento, el respeto, la tutela y la promoción
de los derechos de la persona» (ibíd., IV: l.c.,
294).
Por esto no sorprende que Juan XXIII mirara con gran esperanza
hacia la Organización de las Naciones Unidas, constituida
el 26 de junio de 1945. En ella veía un instrumento válido
para mantener y reforzar la paz en el mundo. Justamente por esto
expresó un particular aprecio por la Declaración
Universal de los Derechos del Hombre de 1948, considerándola
«un primer paso introductorio para el establecimiento de
una constitución jurídica y política de todos
los pueblos del mundo» (ibíd., IV: l.c., 295). En
efecto, en dicha Declaración se habían fijado los
fundamentos morales sobre los que se habría podido basar
la edificación de un mundo caracterizado por el orden en
vez del desorden, por el diálogo en vez de la fuerza. Con
esta perspectiva, el Papa dejaba entender que la defensa de los
derechos humanos por parte de la Organización de las Naciones
Unidas era el presupuesto indispensable para el desarrollo de
la capacidad de la Organización misma para promover y defender
la seguridad internacional.
La visión precursora del Papa, es decir, la propuesta
de una autoridad pública internacional al servicio de los
derechos humanos, de la libertad y de la paz, no sólo no
se ha logrado aún completamente, sino que se debe constatar,
por desgracia, la frecuente indecisión de la comunidad
internacional sobre el deber de respetar y aplicar los derechos
humanos. Este deber atañe a todos los derechos fundamentales
y no permite decisiones arbitrarias que acabarían en formas
de discriminación e injusticia. Al mismo tiempo, somos
testigos del incremento de una preocupante divergencia entre una
serie de nuevos «derechos» promovidos en las sociedades
tecnológicamente avanzadas y derechos humanos elementales
que todavía no son respetados en situaciones de subdesarrollo:
pienso, por ejemplo, en el derecho a la alimentación, al
agua potable, a la vivienda, a la autodeterminación y a
la independencia. La paz exige que esta divergencia se reduzca
urgentemente y que finalmente se supere.
Debe hacerse todavía una observación: la comunidad
internacional, que desde 1948 posee una carta de los derechos
de la persona humana, ha dejado además de insistir adecuadamente
sobre los deberes que se derivan de la misma. En realidad, es
el deber el que establece el ámbito dentro del cual los
derechos tienen que regularse para no transformarse en el ejercicio
de una arbitrariedad. Una mayor conciencia de los deberes humanos
universales reportaría un gran beneficio para la causa
de la paz, porque le daría la base moral del reconocimiento
compartido de un orden de las cosas que no depende de la voluntad
de un individuo o de un grupo.
Un nuevo orden moral internacional
6. Es asimismo verdad que, a pesar de muchas dificultades y retrasos,
en los cuarenta años transcurridos ha habido un notable
progreso hacia la realización de la noble visión
del Papa Juan XXIII. El hecho de que los Estados casi en todas
las partes del mundo se sientan obligados a respetar la idea de
los derechos humanos muestra cómo son eficaces los instrumentos
de la convicción moral y de la entereza espiritual. Estas
fuerzas fueron decisivas en aquella movilización de las
conciencias que originó la revolución no violenta
de 1989, acontecimiento que determinó la caída del
comunismo europeo. Y aunque se den concepciones erróneas
de libertad, entendida como desenfreno, que siguen amenazando
la democracia y las sociedades libres, es sin duda significativo
que, en los cuarenta años transcurridos desde la Pacem
in terris, muchas poblaciones del mundo hayan llegado a ser más
libres, se hayan consolidado estructuras de diálogo y cooperación
entre las naciones y la amenaza de una guerra global nuclear,
como la que se vislumbró drásticamente en tiempos
del Papa Juan XXIII, haya sido controlada eficazmente.
A este respecto, con humilde valentía querría observar
cómo la enseñanza plurisecular de la Iglesia sobre
la paz entendida como «tranquillitas ordinis»
«tranquilidad del orden», según la definición
de San Agustín, (De civitate Dei, 19, 13) y a la luz también
de las reflexiones de la Pacem in terris, se haya revelado particularmente
significativa para el mundo actual, tanto para los Jefes de las
naciones como para los simples ciudadanos. Que haya un gran desorden
en la situación del mundo contemporáneo es una constatación
compartida fácilmente por todos. Por tanto, la pregunta
que se impone es la siguiente: ¿qué tipo de orden
puede reemplazar este desorden, para dar a los hombres y mujeres
la posibilidad de vivir en libertad, justicia y seguridad? Y ya
que el mundo, incluso en su desorden, se está «organizando»
en varios campos (económico, cultural y hasta político),
surge otra pregunta igualmente apremiante: ¿bajo qué
principios se están desarrollando estas nuevas formas de
orden mundial?
Estas preguntas de vasta irradiación indican que el problema
del orden en los asuntos mundiales, que es también el problema
de la paz rectamente entendida, no puede prescindir de cuestiones
relacionadas con los principios morales. Con otras palabras, desde
esta perspectiva se toma también conciencia de que la cuestión
de la paz no puede separarse de la cuestión de la dignidad
y de los derechos humanos. Ésta es precisamente una de
las verdades perennes enseñada por la Pacem in terris,
y nosotros haríamos bien en recordarla y meditarla en este
cuadragésimo aniversario.
¿No es éste quizás el tiempo en el que todos
deben colaborar en la constitución de una nueva organización
de toda la familia humana, para asegurar la paz y la armonía
entre los pueblos, y promover juntos su progreso integral? Es
importante evitar tergiversaciones: aquí no se quiere aludir
a la constitución de un superestado global. Más
bien se piensa subrayar la urgencia de acelerar los procesos ya
en acto para responder a la casi universal pregunta sobre modos
democráticos en el ejercicio de la autoridad política,
sea nacional que internacional, como también a la exigencia
de transparencia y credibilidad a cualquier nivel de la vida pública.
Confiando en la bondad presente en el corazón de cada persona,
el Papa Juan XXIII quiso valerse de la misma e invitó al
mundo entero hacia una visión más noble de la vida
pública y del ejercicio de la autoridad pública.
Con audacia, animó al mundo a proyectarse más allá
del propio estado de desorden actual y a imaginar nuevas formas
de orden internacional que estuviesen de acuerdo con la dignidad
humana.
Relación entre paz y verdad
7. Contrastando la visión de quienes pensaban en la política
como un ámbito desvinculado de la moral y sujeto al solo
criterio del interés, Juan XXIII, a través de la
Encíclica Pacem in terris, presentó una imagen más
verdadera de la realidad humana e indicó el camino hacia
un futuro mejor para todos. Precisamente porque las personas son
creadas con la capacidad de tomar opciones morales, ninguna actividad
humana está fuera del ámbito de los valores éticos.
La política es una actividad humana; por tanto, está
sometida también al juicio moral. Esto es también
válido para la política internacional. El Papa escribió:
«La misma ley natural que rige las relaciones de convivencia
entre los ciudadanos debe regular también las relaciones
mutuas entre las comunidades políticas» (Pacem in
terris, III: l.c., 279). Cuantos creen que la vida pública
internacional se desarrolla de algún modo fuera del ámbito
del juicio moral, no tienen más que reflexionar sobre el
impacto de los movimientos por los derechos humanos en las políticas
nacionales e internacionales del siglo XX, recientemente concluido.
Estas perspectivas, que anticipó la enseñanza de
la Encíclica, contrastan claramente con la pretensión
de que las políticas internacionales se sitúen en
una especie de «zona franca» en la que la ley moral
no tendría ninguna fuerza.
Quizás no hay otro lugar en el que se vea con igual claridad
la necesidad de un uso correcto de la autoridad política,
como en la dramática situación de Oriente Medio
y de Tierra Santa. Día tras día y año tras
año, el efecto creciente de un rechazo recíproco
exacerbado y de una cadena infinita de violencias y venganzas
ha hecho fracasar hasta ahora todo intento de iniciar un diálogo
serio sobre las cuestiones reales en litigio. La situación
precaria se hace todavía más dramática por
el contraste de intereses entre los miembros de la comunidad internacional.
Hasta que quienes ocupan puestos de responsabilidad no acepten
cuestionarse con valentía su modo de administrar el poder
y de procurar el bienestar de sus pueblos, será difícil
imaginar que se pueda progresar verdaderamente hacia la paz. La
lucha fratricida, que cada día afecta a Tierra Santa contraponiendo
entre sí las fuerzas que preparan el futuro inmediato de
Oriente Medio, muestra la urgente exigencia de hombres y mujeres
convencidos de la necesidad de una política basada en el
respeto de la dignidad y de los derechos de la persona. Semejante
política es para todos incomparablemente más ventajosa
que continuar con las situaciones del conflicto actual. Hace falta
partir de esta verdad. Ésta es siempre más liberadora
que cualquier forma de propaganda, especialmente cuando dicha
propaganda sirviera para disimular intenciones inconfesables.
Las premisas de una paz duradera
8. Hay una relación inseparable entre el compromiso por
la paz y el respeto de la verdad. La honestidad en dar informaciones,
la imparcialidad de los sistemas jurídicos y la transparencia
de los procedimientos democráticos dan a los ciudadanos
el sentido de seguridad, la disponibilidad para resolver las controversias
con medios pacíficos y la voluntad de acuerdo leal y constructivo
que constituyen las verdaderas premisas de una paz duradera. Los
encuentros políticos a nivel nacional e internacional sólo
sirven a la causa de la paz si los compromisos tomados en común
son respetados después por cada parte. En caso contrario,
estos encuentros corren el riesgo de ser irrelevantes e inútiles,
y su resultado es que la gente se siente tentada a creer cada
vez menos en la utilidad del diálogo y, en cambio, a confiar
en el uso de la fuerza como camino para solucionar las controversias.
Las repercusiones negativas, que tienen los compromisos adquiridos
y luego no respetados sobre el proceso de paz, deben inducir a
los Jefes de Estado y de Gobierno a ponderar todas sus decisiones
con gran sentido de responsabilidad.
Pacta sunt servanda, dice el antiguo adagio. Si han de respetarse
todos los compromisos asumidos, debe ponerse especial atención
en cumplir los compromisos asumidos para con los pobres. En efecto,
sería particularmente frustrante para los mismos no cumplir
las promesas consideradas por ellos como de interés vital.
Con esta perspectiva, el no cumplir los compromisos con las naciones
en vías de desarrollo constituye una seria cuestión
moral y pone aún más de relieve la injusticia de
las desigualdades existentes en el mundo. El sufrimiento causado
por la pobreza se ve agudizado dramáticamente cuando falta
la confianza. El resultado final es el desmoronamiento de toda
esperanza. La existencia de confianza en las relaciones internacionales
es un capital social de valor fundamental.
Una cultura de paz
9. Si se examinan los problemas profundamente, se debe reconocer
que la paz no es tanto cuestión de estructuras, como de
personas. Estructuras y procedimientos de paz jurídicos,
políticos y económicos son ciertamente necesarios
y afortunadamente se dan a menudo. Sin embargo, no son sino el
fruto de la sensatez y de la experiencia acumulada a lo largo
de la historia a través de innumerables gestos de paz,
llevados a cabo por hombres y mujeres que han sabido esperar sin
desanimarse nunca. Gestos de paz se dan en la vida de personas
que cultivan en su propio ánimo constantes actitudes de
paz. Son obra de la mente y del corazón de quienes «trabajan
por la paz» (Mt 5, 9). Gestos de paz son posibles cuando
la gente aprecia plenamente la dimensión comunitaria de
la vida, que les hace percibir el significado y las consecuencias
que ciertos acontecimientos tienen sobre su propia comunidad y
sobre el mundo en general. Gestos de paz crean una tradición
y una cultura de paz.
La religión tiene un papel vital para suscitar gestos
de paz y consolidar condiciones de paz. Este papel lo puede desempeñar
tanto más eficazmente cuanto más decididamente se
concentra en lo que la caracteriza: la apertura a Dios, la enseñanza
de una fraternidad universal y la promoción de una cultura
de solidaridad. La «Jornada de oración por la paz»,
que he promovido en Asís el 24 de enero de 2002, comprometiendo
a los representantes de numerosas religiones, tenía justamente
este objetivo. Quería expresar el deseo de educar para
la paz mediante la difusión de una espiritualidad y de
una cultura de paz.
La herencia de la «Pacem in terris»
10. El beato Juan XXIII era una persona que no temía el
futuro. Lo ayudaba en esta actitud de optimismo la confianza segura
en Dios y en el hombre, aprendida en el profundo clima de fe en
el que había crecido. Persuadido de este abandono en la
Providencia, incluso en un contexto que parecía de permanente
conflicto, no dudó en proponer a los líderes de
su tiempo una nueva visión del mundo. Ésta es la
herencia que nos ha dejado. Fijándonos en él, en
esta Jornada Mundial de la Paz de 2003, nos sentimos invitados
a comprometernos en sus mismos sentimientos: confianza en Dios
misericordioso y compasivo, que nos llama a la fraternidad; confianza
en los hombres y mujeres tanto de hoy como de cualquier otro tiempo,
gracias a la imagen de Dios impresa igualmente en los espíritus
de todos. A partir de estos sentimientos es como se puede esperar
en la construcción un mundo de paz en la tierra.
Al inicio de un nuevo año en la historia de la humanidad,
éste es el augurio que surge espontáneo de lo más
profundo de mi corazón: que en el ánimo de todos
brote un impulso de renovada adhesión a la noble misión
que la Encíclica Pacem in terris propuso hace cuarenta
años a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Esta
tarea, que la Encíclica calificó como «inmensa»,
se concretaba en «establecer un nuevo sistema de relaciones
en la sociedad humana, bajo la enseñanza y el apoyo de
la verdad, la justicia, el amor y la libertad». El Papa
precisaba además que se refería a las «relaciones
de convivencia en la sociedad humana..., primero, entre los individuos;
en segundo lugar, entre los ciudadanos y sus respectivos Estados;
tercero, entre los Estados entre sí, y, finalmente, entre
los individuos, familias, entidades intermedias y Estados particulares,
de un lado, y, de otro, la comunidad mundial». Y concluía
afirmando que el empeño de «consolidar la paz verdadera
según el orden establecido por Dios» constituía
una «tarea sin duda gloriosa» (Pacem in terris, V:
l.c., 301-302).
El cuadragésimo aniversario de la Pacem in terris es una
ocasión muy oportuna para beneficiarse de la enseñanza
profética del Papa Juan XXIII. Las comunidades eclesiales
estudiarán cómo celebrar este aniversario de modo
apropiado durante el año, con iniciativas que pueden tener
un carácter ecuménico e interreligioso, abriéndose
a todos los que sienten un profundo anhelo de «echar por
tierra las barreras que dividen a unos de otros, para estrechar
los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la recíproca
comprensión, para perdonar, en fin, a cuantos nos hayan
injuriado» (ibíd., 304).
Acompaño estos augurios con la oración a Dios Omnipotente,
fuente de todo nuestro bien. Que Él, que desde las condiciones
de opresión y conflicto nos llama a la libertad y la cooperación
para bien de todos, ayude a las personas en cada lugar de la tierra
a construir un mundo de paz, basados siempre cada vez más
firmemente en los cuatro pilares que el beato Juan XXIII indicó
a todos en su histórica Encíclica: verdad, justicia,
amor y libertad.
Vaticano, 8 de diciembre de 2002.
JUAN PABLO II
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