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Según el Estatuto de la Acción Católica, nuestra institución se halla estructurada en distintos organismos directivos.
A Nivel Nacional
Asamblea Nacional
Es el máximo organismo de comunión, participación, conducción y decisión. Formula las grandes líneas de acción. Se reúne por lo menos una vez al año convocada por el Consejo Nacional y participan los presidentes diocesanos. Cuando en esta Asamblea se renuevan los dirigentes se realiza la llamada Asamblea Federal donde participan todos los dirigentes y militantes del país.
Consejo Nacional
Es un órgano ejecutivo encargado de conducir la actividad de la Institución, orientando y supervisando la tarea operativa y específica de las Áreas. Aprueba y promueve los programas de formación, métodos y actividades apostólicas, que deberán ser asumidos por los Consejos Diocesanos. Cada tres año renueva sus miembros.
Comisiones Nacionales
Son los organismos encargados de la elaboración y ejecución de los planes específicos, para alcanzar las metas y objetivos del Consejo de su Área. Orientan a las Comisiones Diocesanas indicando los programas formativos/apostólicos y métodos operativos. Las Comisiones se dividen en cuatro Áreas: Adultos, Jóvenes, Aspirantes y Sectores.
A Nivel Diocesano:
Asamblea Diocesana
Es el máximo organismo de comunión, participación, conducción y decisión a nivel diocesano. Está formado por los miembros del Consejo Diocesano y los presidentes de los Consejos parroquiales. Se reúne por lo menos una vez al año para considerar las orientaciones y líneas de acción formuladas desde el nivel nacional, que adecuarán a la pastoral diocesana. Cada tres años se renuevan sus miembros.
Consejo Diocesano
Es un órgano ejecutivo encargado de conducir la actividad institucional de la diócesis sobre las bases de las resoluciones de la Asamblea Diocesana y las orientaciones del Consejo Nacional adaptadas a la realidad local y a la pastoral diocesana.
Comisiones Diocesanas
Las funciones son iguales que las del nivel nacional, aplicadas a lo diocesano. Las Áreas Diocesanas son también: Adultos, Jóvenes, Aspirantes y Sectores.
A Nivel Parroquial:
Asamblea Parroquial
Es el máximo organismo a nivel parroquial. También cada tres años renueva sus miembros.
Consejo Parroquial
Es el órgano ejecutivo encargado de conducir las actividades a nivel parroquial siguiendo las orientaciones del Consejo Diocesano y del sacerdote que cumple el rol de Asesor.
Comisiones de Área
Trabajan en las cuatro Áreas ya conocidas. Las componen los Responsables de Área y los Delegados de cada Sección.
Apuntando siempre a la formación integral de cada miembro de A.C., el delegado debe conocer a los integrantes del grupo que está conduciendo, la realidad que están viviendo, sus necesidades, sus problemas. Esto ayudará también a entender su relación con los demás miembros y comprender actitudes del grupo.
Los grupos de militancia de A.C. (a diferencia de otros grupos organizados) suelen ser inestables, hay una rotación permanente de sus integrantes, a veces se pierden de vista los objetivos o algunos miembros no saben para qué están o cuál es su rol en el grupo.
Esto se puede sobrellevar si tenemos en claro nuestra razón de ser como Institución: la EVANGELIZACIÓN.
Nuestro Proyecto Institucional en el capítulo dedicado al servicio de los dirigentes institucionales señala:
“Todo miembro debe sentirse responsable de la vida y la marcha de la Institución, y llegado el caso, debe estar disponible para asumir responsabilidades directivas en cualquiera de los organismos de conducción parroquial, diocesano o nacional”.
“Ser dirigente de la Institución es un servicio que la Iglesia puede pedir a través de los Pastores o a través de los mecanismos propios de la organización, y que debe ser asumido por el período que corresponda, sin desmedro de las otras responsabilidades ineludibles del deber de estado que compete a todo laico”.
De esto se derivan algunas consideraciones:
Ø La primera es la relación entre ser dirigente y ocupar un cargo. Ocupar un cargo es una situación transitoria, no es un escalafón, es un servicio temporario.
Ø La segunda es que marca esta necesaria disponibilidad a asumir cargos de conducción, como un requerimiento a todos los miembros de la Institución.
Ø La tercera es que esta función de dirigente debe realizarse sin descuidar las otras responsabilidades que le competen como laico (familia, estudio, trabajo, etc.). Recordar que ante todo somos hombres, luego cristianos, y finalmente apóstoles; en ese orden debemos priorizar nuestras obligaciones o responsabilidades.
Ø La cuarta es que este servicio dirigencial abarca en nuestra Institución el rol formativo, dada la identidad propia de la AC, donde la formación es consustancial a su tarea. Todo dirigente, ocupe el cargo que ocupe, en los organismos de conducción, es un formador.
Ø La quinta es que ser dirigente, ser formador implica ejercer dentro de una comunidad , la autoridad. La autoridad que no es un privilegio, sino un servicio.
Podemos decir que es la “facultad de mandar según la recta razón” y que su fuerza obligatoria procede del orden moral, la autoridad misma es por sobre todo una fuerza moral que está orientada a la búsqueda del bien común de un grupo, una institución, una sociedad. Por eso toda verdadera autoridad es servicio.
Servicio que implica: guiar, orientar, formar, planificar, coordinar, tomar decisiones, velar por la identidad propia de nuestra Institución, conducir los esfuerzos tras los objetivos de la misión.
Autoridad impositiva o autoritaria
Se atiende siempre y por sobre todo el objetivo que se persigue por sobre las personas.
Prevalece el yo sobre el nosotros, se frenan iniciativas y el trabajo espontáneo.
Anuncia con rigor el plan de acción y desea a toda costa, aún con impaciencia, que se cumpla lo previsto.
No consulta, desea resultados inmediatos.
Es autosuficiente, ostenta superioridad en la relación con los demás.
No deja crecer, no valora a cada persona en lo que es, basa su relación en la exigencia.
Autoridad liberal
En realidad no es autoridad, sino ausencia de ella. Lo deja todo librado al azar, minimiza las acciones y las consecuencias de sus propios actos, valora los resultados aparentes y las fachadas.
Deja hacer, no toma decisiones, no planifica, no evalúa, no forma a nadie, pierde y hace que los demás casi siempre pierdan el tiempo.
Tras la aparente libertad para dejar actuar se esconde una indiferencia o desprecio del cargo.
Autoridad democrática
Es respetuosa y participativa. Se basa en la consideración de las personas y de sus posibilidades y limitaciones. Consulta en las determinaciones firmes e importantes. Trata de lograr el consenso, sin perder por ello la perspectiva de la toma de decisiones que está en sus manos.
Es capaz de respetar la iniciativa de los miembros del grupo en la toma de decisiones secundarias, es más, las motiva.
Desarrolla la paciencia, es pluralista, cordial y dialogante. No por ello menos firme.
Colabora en la integración de los miembros.
Crea en el grupo la actitud de considerarse iguales entre sí, lo cual produce respeto y confianza.
Miremos nuestras actitudes frente al grupo y en las demás situaciones de nuestra vida. Comparemos con las mencionadas en estos tres tipos de autoridad.
Este puede ser un buen momento para fijar un compromiso de mejorar o cambiar aquellas actitudes negativas que tenemos, especialmente en nuestro grupo.
“Un filósofo preguntó un día a un amigo:
- Para enseñar el latín a Juan, ¿qué se necesita conocer?
- ¡El latín!
- No –dijo el filósofo- es necesario antes conocer a Juan.”
Pero para conocer al otro primero debemos conocernos a nosotros mismos, aceptar nuestras limitaciones, capacidades, reacciones ante diferentes situaciones, para aprovechar al máximo nuestras posibilidades sabiendo que lo que tenemos es un don de Dios.
Tenemos que estar agradecidos por lo que tenemos y somos, a la vez, que debemos querer mejorar, para poder también ayudar a mejorar a todos los que nos rodean:
Corrigiendo, no consintiendo todo.
Orientando, pero dejando que cada uno elija su camino
Aconsejando, pero para esto es necesario que exista confianza.
El delegado debe ayudar a descubrir lo profundo del mensaje Evangélico en las cosas simples y cotidianas.
“Como el Padre me envió a mí yo también los envío a ustedes" Jn 20, 21
El apostolado debe hacerse por todos, a todos, en cualquier lugar, a cualquier hora y a cualquier edad.
El apostolado implica el propio testimonio de vida, acompañado por la palabra, el anuncio explícito.
Debe existir en el delegado una coherencia entre Fe y Vida, entre lo que se dice y lo que se hace, en lo que se cree y lo que se vive.
Nosotros como, dirigentes de AC tenemos que conocer y llevar a la práctica todos los elementos que se ponen en juego al trabajar en equipo.
Trabajar en equipo supone:
a. Objetivos y metas comunes: Cuando uno participa de una tarea grupal tener los objetivos y metas claramente definidas es un factor clave para el buen funcionamiento. Mucho más lo es cuando se es parte de una Institución que tiene como misión:
Ø gestar la comunión eclesial
Ø evangelizar
Ø formar las conciencias
Todos los miembros del Consejo, Comisión o equipo, deben comprometerse con las metas.
Para ellos es muy importante participar en el momento en que estas son fijadas.
En nuestra Institución los objetivos y las metas van fijándose en distintos grados de generalidad y con distinta participación, partiendo de la Asamblea Nacional hasta la Asamblea de cada parroquia, expresando así el sentido de unidad, en un marco de libertad para determinar de acuerdo a características propias, cómo se concretarán en cada nivel (nacional - diocesano - parroquial).
Un equipo pierde tiempo y energía si:
Ø no comprende o no está de acuerdo con los objetivos
Ø no se pone de acuerdo en las prioridades
b. Funciones y responsabilidades: ¿quién hace cada cosa? ¿cuáles son las responsabilidades? ¿qué se espera de cada persona?
Cuando trabajamos juntos, surgen expectativas de unos sobre otros. Por eso es bueno definir de entrada qué tareas específicas tiene a cargo cada uno, y cuál es la tarea que les corresponde a todos.
Dialogar y perfilar las tareas es muy importante para que cada uno se comprometa con la tarea, no invada la tarea del otro y colabore en la realización de la tarea en común.
c. Cómo trabajar: Además del "qué" debe hacer el equipo (objetivos-metas) y de "a quién" debe hacerlo (funciones) es necesario tener muy claro “cómo” trabaja el grupo.
El trabajo eficiente requiere procedimientos claros y consensuados en varios temas por ejemplo:
1. Toma de decisiones: ¿cómo tomamos las decisiones? ¿quién es responsable? ¿cómo participan todos los miembros en esa toma de decisiones?
2. Comunicación: ¿qué se debe comunicar? ¿a quién? ¿con qué frecuencia?
3. Reuniones: los dirigentes siempre se quejan de las reuniones. Para que esto no ocurra y sean eficaces habrá que responder algunas preguntas: ¿cada cuánto necesitamos una reunión de equipo? ¿qué lograremos en cada reunión? ¿qué temas vamos a tratar? ¿quién conduce esta reunión?
d. Apoyo mutuo: cuando trabajamos en equipo es lógico que entre los miembros surjan sentimientos positivos y también negativos, para lo cual será muy importante trabajar sobre algunos aspectos:
1. Confianza: cada uno debe exponer sus puntos de vista y hablar abiertamente de sus diferencias, sin miedo a ridiculizaciones o represalias.
2. Apoyo: cuando se va creando un sentimiento de participación y madurez se logra trabajar en equipo.
La ayuda y la complementación son naturales. Nadie necesita proteger sus funciones de los demás.
3. Comunicación: cada uno puede decir abiertamente lo que siente y piensa, sabiendo que el resto le escucha y tratará de comprenderlo como exigencia propia de la caridad.
4. Resolución de conflictos: en todo grupo hay conflictos, mejorarse y superarse es propio de todo equipo de trabajo, y mucho más si se trata de dirigentes cristianos. Trabajar las diferencias, ponerlas en común, dialogarlas es indispensable. Un grupo maduro no las suprime, ni fingen que no existe. Sencillamente las afronta
5. Sobrenaturalizar la tarea: nuestro trabajo como animadores está en una órbita propia del acontecer cristiano, por lo tanto como todo en nuestra vida debe ponerse en las manos de Dios y por amor a Él, amar a cada Jesús que está en la persona de mi compañero de equipo, por más imperfecta que pueda parecerme su figura. En él está Jesús a quien amo y con Él tengo que crecer y trabajar con el mismo amor con que Jesús me amó. (Leer: Efesios 4, 1- 14).
e. Necesidad de Liderazgo: hay un dicho por ahí que dice “muchos caciques y pocos indios”, nada mejor para describir un organismo de conducción, pero si bien ésta es su característica, respetar estilos personales, acordar formas de trabajo, escucharse, ceder cuando se perjudica al equipo son factores importante a tener en cuenta.
f. Aprovechamiento de los talentos de cada uno: la riqueza del trabajo en equipo está en la diversidad y la comunión. Aprovechar los talentos de cada uno para el bien de la tarea, las distintas habilidades, conocimientos y las experiencias personales son por demás importantes a la hora de trabajar en común, tanto para los más nuevos, como para los de mayor experiencia.
(Leer: Romanos 12, 3-13).
g. Ambiente organizativo: toda tarea requiere orden, método y a la vez flexibilidad para llevarse a cabo . el respeto de los horarios establecidos, la puntualidad, el material de trabajo, debe ser moneda corriente a la hora del trabajo en común.
Sin lugar a dudas, el estilo que debe caracterizar a nuestros equipos de conducción y animación es el comunitario.
Para que ello sea posible deberemos:
a. Saber escuchar a todos: no bastará con querer hacerlo, es preciso descubrir el modo de ser de cada uno para entender lo que quiera decir. Escuchar no es sólo dar un tiempo para expresarse, sino también darse tiempo para comprender con objetividad lo que el otro quiere decir.
Esto exige alejar todos los prejuicios y llevará a que escuchemos las posturas de cada uno, para luego llegar a la comunión de ideas, que no siempre surgirá desde un primer momento y en algunos casos sólo se llegará a un acuerdo para el trabajo.
b. Querer respetar a todos: el respeto implica aceptación del pluralismo de ideas y de sentimientos. La diversidad impulsa a ver el punto desde diversas miradas diferentes y seguramente enriquecedoras. Trabajar en equipo significa respetarnos entre todos, aun en casos donde nos resulte difícil.
c. Claridad de ideas: es importante tener siempre en claro los temas que vamos a trabajar, reflexionar sobre ellos con anticipación y formular un juicio propio, a partir de los cuales se buscará el consenso. El orden del día de la reunión dada con anticipación a cada integrante del equipo ayuda a clarificar las opiniones, y a ordenar el ritmo del trabajo.
d. Facultad de síntesis: a fin de que el equipo como comunidad llegue a acuerdos y resoluciones, es importante conducir los aportes a síntesis parciales que nos impidan volver siempre al punto cero de la conversación.
e. Mentalidades abiertas: esto significa que cada uno de nosotros debe ser cordial, sencillo y claro, evitando la antipatía, la superioridad, la agresividad, las actitudes sobradoras y la indiferencia. Seguramente que en el trabajo habrá discrepancias y disidencias, pero actuemos con caridad, y sepamos crear espacios de distensión y calma cuando los ánimos se alteran, es esencial al trabajo en equipo. Un pensamiento permanente para el trabajo en equipo entre nosotros debería ser: “en el otro está Jesús, a quien amo”.
f. Sentido de justicia y equidad: que impida preferencias o tratamientos diferentes, todos debemos poder expresarnos, sentirnos convocados y participantes, sin importar el nivel de experiencia o la edad de cada uno, sobre todo en equipos de trabajos heterogéneos. (Leer: Filipenses 2,1-11).
Ahora bien estas condiciones o características son realmente difíciles de llevarse a cabo si no apoyamos la construcción de nuestro trabajo en equipo en Cristo, fundamento, centro y fin de nuestra tarea.
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